
Cuando Symon Welfringer regresó de Pakistán junto a Charles Dubouloz tras un intento en la cara sur del Gasherbrum IV (7.925 m), reconoció que, aunque no lograron la cima —se retiraron alrededor de los 6.900 m—, la experiencia fue profundamente valiosa.
A simple vista, puede parecer un “fracaso”. Pero, para ellos, cada expedición es mucho más que una ruta o una cumbre: es una escuela de vida, de decisiones, de autoconocimiento y, sobre todo, de deseo intacto por volver a esas paredes del Karakórum.
Preparados, pero la montaña tiene sus cartas
No fue la falta de preparación ni el cansancio lo que les obligó a dar la vuelta. El verdadero obstáculo fueron las condiciones climáticas: sequedad extrema y ausencia de “regel” (ciclos de congelación-deshielo nocturno) por encima de los 6.000 m. Sin nieve transformada ni hielo firme, el uso de tornillos, crampones y piolets se volvió ineficaz.
“Sin regel, todo se complica”, resume Symon. Y recuerda: en las altas montañas las condiciones perfectas no existen. En el Gasherbrum IV, incluso en los mejores escenarios, la dificultad de la ruta lo convierte en uno de los retos más exigentes del Karakórum.
Más que un plan A o un plan B: la flexibilidad es clave
El año anterior, Welfringer y Dubouloz habían cambiado de objetivo en Nepal, adaptándose a otra montaña más accesible. Esta vez, sin embargo, decidieron comprometerse a fondo con el Gasherbrum IV: llevaron el material hasta el pie de la pared y afrontaron las dificultades hasta el final, sin apartarse de su propósito.
Cuando llegó el momento de dar la vuelta, lo hicieron con la certeza de haber puesto todo de su parte. Más que resignación, fue una decisión consciente que les deja una experiencia sólida para futuros intentos.
¿Fue la motivación o las condiciones?
Hubo momentos de duda. Una caída de Charles en una grieta —sin consecuencias graves— afectó la moral del equipo. Además, el avance hasta los depósitos de material previstos a 6.500 m fue más agotador de lo esperado.
Sin embargo, la decisión de retirarse no se basó en miedo ni en debilidad, sino en evaluar con frialdad los riesgos: ¿seguir adelante y arriesgar demasiado, o regresar para volver mejor preparados? Eligieron la segunda opción.




Tomar la decisión correcta
Con distancia, ambos reconocen que fue la elección más sensata. En esas mismas fechas, otras expediciones en la zona sufrieron accidentes graves por insistir más allá de lo prudente.
La seguridad sigue siendo la prioridad absoluta: “venir vivo a casa” es el verdadero objetivo. Las presiones externas existen —patrocinadores, cámaras, expectativas—, pero lo esencial es volver saludable para quienes esperan en casa.
Y aun sin cima, cada etapa de la expedición ofrece riqueza: el campamento base, la convivencia, la adaptación al entorno, la evaluación constante de cada paso.
¿Y ahora qué?
Welfringer ya piensa en regresar al Gasherbrum IV en los próximos años, esta vez con un equipo más amplio de tres o cuatro alpinistas. Según sus cálculos, iniciar una vía nueva en estilo alpino como dúo tiene apenas un 5 % de probabilidades de éxito. Con un grupo equilibrado, buen material, condiciones aceptables y planificación adecuada, esa cifra podría subir hasta el 60 %.
La gran lección de esta expedición ha sido mantener viva la motivación, aprender de cada decisión y prepararse para regresar más fuertes.
Una expedición sin cima no es, ni mucho menos, un fracaso. Es una oportunidad para aprender qué significa estar realmente preparado, adaptarse sobre el terreno, reconocer cuándo insistir y cuándo retirarse.
En el alpinismo de alto nivel —y especialmente en montañas como el Gasherbrum IV—, la cima es un bonus, no la única medida del éxito. Lo esencial es la experiencia, el aprendizaje y la convicción de volver con más inteligencia y humildad.